Shadow
Descubrí las finas y morenas piernas de Sara apoyada en una de las columnas que flanquean la entrada de mi edificio justo cuando mi primo y yo salíamos del garaje. Marcos me mandó una mirada burlona muy significativa. Minutos antes habíamos discutido sobre las probabilidades que tenía de encontrarme con Sara. Marcos barajaba dos opciones: la primera era que podía ser que pasara por allí de casualidad o, al menos, eso me haría creer; y la segunda, que se presentara en mi casa de improvisto con un modelito de infarto y dispuesta a cualquier cosa. Yo no esperaba ninguna de las dos y Marcos se decantaba por la segunda opción. Llevaba razón.
Ahí estaba Sara, dejando que sus caderas se dibujaran provocativas tras una corta falda azul y observándome, expectante a mi reacción, que no fue otra que mirarla de arriba a abajo.
Tenía que admitir que estaba increíble, y que aquellas piernas no eran aptas para cardíacos, pero sabía que todas esas sensaciones un tanto libidinosas se desvanecerían en el momento en el que Sara abrier a la boca. Le había dicho millones de veces que no la quería, que solo era sexo, y ella parecía aceptarlo dichosa. Me había dicho que era lo único que quería de mí y yo era lo máximo que podía ofrecerle.
Balanceé las llaves de mi moto entre mis dedos observando de solsayo la reacción de mi primo, que se acercó a su Honda CBR roja, arrancó y dió un pequeño salto al sentarse. Su sonrisa burlona me molestó bastante.
- Te espero en la plaza de Green Hill...
Aceleró directo hacia mí esperando que asustara. Pero yo ni me moví, aunque aproveché, eso sí, para regalarle una sonrisa impertinente. Nos conocíamos demasiado bien, y sabíamos descifrar cualquier mensaje que enviara nuestro rostro. Era mi primo, pero lo consideraba mi hermano.
- Sé bueno, Shadow- se burló antes de salir del garaje-. Y tú, no seas demasiado dura, Sara.
Desapareció entre la gente que se agolpaba delante de la fuente, en esos momentos una bella estampa barroca resaltada por la luz anaranjada que desprendían las luces de la plaza.
Sara me abordó rodeando mi cuello y empujándome contra la pared. Sabía bien como retenerme y capear mis intentos por apartarla.
- ¿Por qué no has contestado a mis llamadas?- preguntó besándome el cuello.
- No sabía que tuviera que hacerlo- dije bruscamente mientras ella metía las manos bajo mi jersey para acariciar mi vientre-. Sara, tengo que irme. Me están esperando.
- Ahora estás conmigo, susurró rozando mi oreja con su lengua.
Se aferró con más fuerza a mi cuello y no pude evitar apretarla entre mis brazos, ansioso. Sara sabía que me descontrolaba con facilidad y supo provocar esa situación para no dejarme escapar.
Recorrimos enganchados cada rincón del garaje hasta que llegamos al vestíbulo del edificio Black. Ella conocía bien el lugar y sabía por donde guiarme; por suerte tuve tiempo de ver que sus intenciones eran subir a mi habitación y pude impedirlo entrando en una sala del primer piso.
La senté sobre la mesa y me quité el jersey sin dejar de besarla. Acaricié sus muslos mientras su respiración desbocada recorría mi cuello. Sara clavaba suavemente sus uñas en mi espalda atrayéndome, aún más, a ella. Mis besos se alejaron de sus labios, los deslicé por su cuello, por su clavícula... y por su vientre antes de volver a subir; sabía que aquello la volvería loca. Efectivamente, soltó un pequeño gemido, y yo sonreí levemente escondiéndome tras su ondulado cabello rosa.
- ¿Por qué me haces esto?- preguntó buscando mi boca.
- ¿Acaso no es lo que deseas?
Aquel suave e intrigante susurro terminó de excitarla. Tiró de sus caminas y agarró mis manos para ponerlas en su pecho. Volví a besarla una vez más mientras me deshacía de su falda.
Ni la amaba ni quería nada serio con ella - en realidad, no quería nada serio con nadie -, pero eso no me impedía disfrutar de aquel momento.
De repente, la melodía de mi móvil (Girl on Fire, de la banda sonora de la película: Los Juegos del Hambre) comenzó a sonar en el bolsillo de mi pantalón. Me detuve e intenté alejarme de Sara para coger el teléfono, pero ella tiró de mí con furia.
- No es el mejor momento, Shadow- masculló, intentando retenerme con las piernas.
Miré la pantalla del móvil por el rabillo del ojo cuando ya dejaba de sonar. Era mi primo.
- Así está mejor.- Aquel beso se entremezcló con una nueva llamada.
Marcos insistía, lo que significaba problemas. Mi primo no era la típica persona que interrumpiría un momento... especial, por llamarlo de alguna manera. Sí volvía a llamar significaba complicaciones.
- ¡Joder!- clamó Sara empujándome.
En otras circunstancias le habría dicho lo imbécil que era, pero ya no me importaba una mierda lo que ella pensara o sintiera. Me preocupaba más lo que aguardaba tras aquella llamada.
- ¿Qué pasa?- pregunté directamente nada más descolgar.
- Franco tiene ganas de pelea.
Sobraban las palabras. Si ese capullo amiguito de Sonic Speeder y su grupito de niñatos querían pelea habían topado con las personas idóneas para ello.
Me vestí rápidamente y cogí las llaves de mi moto, haciendo caso omiso a los insultos que profería la aguda voz de Sara detrás de mí. No me importaba que estuviera enfadada; segundos antes parecía todo lo contrario.
Llegué al garaje y monté en mi moto casi al mismo tiempo que la arrancaba. Sara me dió un ridículo puñetazo en el hombro al ver que no la escuchaba.
- A ver si te enteras, Sara. No eres nadie para controlarme. No te pertenezco y tampoco quiero pertenecerte. No quiero nada contigo. Solo es sexo, ya lo hablamos. No hay sentimientos que me aten a ti, no hay nada entre tú y yo. Así que deja de joderme, ¿quieres?- Encorvé los hombros y le indiqué la puerta con un ligero movimiento de barbilla.
Me miró encorelizada.
- Eres un cabrón- masculló saliendo de allí.
- Lo sé- murmuré como si me lo dijera a mí mismo. Pero Sara lo debió de interpretar como si se tratara de una tentativa de arrepentimiento, porque se dió la vuelta y me miró casi sonriente. Una vez más, se confundía-. Pero no me preocupa que alguien como tú me lo diga.
En cuanto salí a la carretera y pude acelerar, el frío impacto, punzante, en mi rostro. Era molesto y me costaba ver el asfalto, pero no disminuí la velocidad. Al contrario, apreté los dientes y aceleré aún más. Si tenía algún problema con la policía, más tarde lo solucionarían mi padre o Matt. Ellos eran los dueños de la policía de Mobius y nadie cuestionaría la decisión de Midnight Black, el director general.
Las luces de las farolas formaban una línea recta y brillante que yo iba siguiendo a toda velocidad, aunque con el control suficiente para ver cómo las miradas de los transeúntes que paseaban por las aceras se quedaban reflejadas en el retrovisor. No dejaba indiferente a nadie, y si no hubiese tenido tanta prisa, me habría recreado en regalarles algún comentario o gesto obsceno.
De repente, las luces comenzaron a distorsionarse formando pequeños destellos. Había alcanzado una pequeña caravana de coches que circulaban tranquilos por la avenida y tuve que ralentizar mi marcha para poder esquivarlos. Adelante a varios vehículos rozando los retrovisores, pero cuando los conductores asomaban sus cabezas por la ventanilla a increparme, sus voces se cortaban en seco al reconocerme.
El semáforo cambió del verde al ámbar y, enseguda, al rojo. La avenida que tenía enfrente ya se había llenado de coches que pasaban a toda velocidad, pero no me importó. Aceleré y crucé la calle dejando atrás un alboroto de pitos e insultos.


Caos, es un signo de fuerza, el resto... Pura debilidad
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